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2009-04-27

Sobre el Ser-ViajerA

Yuri Tovar. Doctorando en Sociología, UNAM-UPV

Me he propuesto un planteamiento: ¿cuál es el significado de ser una mujer viajera, para la subjetividad de cada mujer, que por diferentes circunstancias de vida se ha alejado, en estadías largas o cortas y constantes, de su lugar de residencia? En una forma diferente de hacer un artículo de opinión, en que al contrario de la lejanía que se exige, me atreveré a realizarlo de una forma involucrada, emocionalmente con el mismo, sin por ello dejar de dar un planteamiento crítico a la situación de las mujeres viajeras. Para tal, voy a recurrir a varias categorías creadas o nombradas por Marcela Lagarde, de esta teórica feminista antropóloga, quién por su compromiso ético-político del bienestar de las mujeres, por medio del empoderamiento, el desmontamiento de la violencia de género y la pugna por la apropiación de sus cuerpos, ha incurrido en espacios políticos de forma fáctica, como lo fue su intervención legislativa en México, al haber sido Diputada Federal, más también al haber, y continuar influenciando a numerosas representantes estatales e intelectuales, por medio de su amplia bibliografía y sus múltiples conferencias. Este hecho, su compromiso académico y político, le ha hecho convertirse en una mujer viajera, al llevarlo por toda América y Europa, en especial su querida España. Más también, la pongo como sustento del escrito a forma de reconocimiento, por ser el hijo-teórico de esta mujer que me dio la inspiración para hablar, quien me apoya día a día a crear, con cada palabra sabia que fluye de su ser, con un aliento para el continuar.

Más no sólo el ser hijo-teórico de Marcela Lagarde, sino el escribir un texto sobre mujeres viajeras, basado muy someramente en su experiencia de vida y en su conocimiento-de-ser, y sobretodo en la ilustración que me ha dejado, me permite entender el significado de ser una mujer con movilidad física y social. Hablar desde las palabras de esta mujer que habita-su-ser, con un constante movimiento, atravesando el Atlántico, en su ir y venir emocional, vivencial, de pensamiento. Por tanto, mi madre-teórica, Marcela como la conocen sus “socias de la vida”, es también mi Mar, esa Mar impresionante que impacta con el sonido de sus olas, con su magnitud, mas también es el espacio que te brinda calma, cobijo, consuelo, ese ser con el que viajas y que se encuentra en constante movimiento, en un constante ir y venir. Ese ir y venir que le ha fortalecido su Ser-Marcela, en que ha trasgredido la obligatoriedad de género que tenía impuesta socialmente, y ayudado sóricamente a la deconstrucción social del Ser-Mujer por el hecho de Vivir-su-yo.

La mayoría de las ocasiones borramos de nuestra memoria la historia de estas mujeres que, como Marcela Lagarde,  deciden crear rompimientos para iniciar un proceso ético de trasgresión de género, a través de su derecho humano de movilidad, y por ende de autonomía. No ser dependientes de otros para entonces habitar-mi-ser. Ir, regresar, y volver a irme, y quizá nunca más regresar, y estar en otro punto geográfico pero siempre en el espacio de ser-en-mi.

También recuerdo dos mujeres mas: Lucy y Clara, ambas dos mujeres mexicanas, postgraduadas feministas, que decidieron, a los inicios de sus 30’s hacer parte de sus estudios aquí en España; dos mujeres que al momento de sus partida se encontraban casadas con hombres, al momento de sus estancia vivieron no sólo la lejanía de sus amados, sino también la falta de acompañamiento de ellos, la desconfianza de ellos, para confrontar al regreso la separación y el divorcio. El divorcio que se presenta en algunas de las mujeres viajeras, por tomar la decisión de partir, al ser concebidas como trasgresoras del ser-para-los-otros, la separación es una forma de castigo; mas también he de recordar a Karen Dinesen (1885-1962), con apellido de casada Blixten y con pseudónimo Isak, y su capacidad de agencia, en que al no querer regresar con su esposo a Dinamarca, él decidió la separación, y ella darse la oportunidad de seguir viendo las sombras sobre la hierba.

Nunca podré hablar desde el ser-mujer-viajera, sin embargo puedo hacerlo desde este constructo genérico, socialmente hombre, heterodesignado gay, y auto-construido queer, quien construye sus procesos de transgresión de la heteronormatividad del ser-hombre; puedo pensar desde mi identificación sórica con todas aquellas mujeres, que al igual que yo tenemos la obligatoriedad social de ser seres-para-los-otros, y más aun puedo pensarme desde el feminismo; desde este feminismo en que reconozco a mis cómplices de la vida, todas las mujeres que continúan apoyando, de una u otra forma, constructo de tu Yo-misma pese al lugar en el que te encuentres.  Desde este sentir el peligro y el miedo por ser femenino en los países del sureste asiático, del ser objetivable en Latinoamérica, de vivir el velo de la igualdad en Norteamérica y Europa, del trasgredir socialmente por el hecho de poner en práctica el derecho a la movilidad, y construirnos en autonomía, en que nuestro centro de protección, de consuelo, de ánimo, de alegría, somos nosotras mismas.

Dicha autonomía implica la transgresión, en que buena parte de nuestros círculos de vida normativos de los que formamos parte, castigarán foucaultinamente, como he ejemplificado algunas ocasiones con la separación de aquellos quienes eran los amados. Mas también el ser-viajera implica el afrontar estar en otros contextos para entonces repensar nuestro ser, nuestra subjetividad; implica revisitar nuestra memoria en soledad, pues pese a poder rodearnos de múltiples personas con las cuales crear vínculos afectivos muy fuertes, estamos sin aquellas con las que hemos construido los de intimidad, en nuestra historicidad. Nos damos cuenta de que estamos solas, mas no solas por no tener vínculos afectivos, sino por el hecho de convertir la necesidad de ser y estar para-los-otros en la necesidad de ser-para-mi. Ese ser-para-mi, que no implica el ser-para-si, debido al reconocimiento constante que se hace hacia los otros con los que se sigue compartiendo, sin un egoísmo, sino un ser a partir de mi, para mi yo-.

Por tanto, plantearme si quisiese ser viajero a partir del ser-hombre, pudiese ser conveniente, no tener los castigos sociales por dejar de ser-para-los-otros, no tener el miedo y dar por hecho el confrontar cualquier situación que se presentase, no pensar en los otros para tomar una decisión,  ser un viajero-para-si, sin embargo, como lo he dicho, el ser viajero implicaría, desde el ser-para-si, no reconocer a los otros que son cómplices de la travesía, dando por hecho que deber de acompañarme, sería “dar por hecho”, y no buscar las formas para descubrirme, experimentarme, transformarme, conocerme en el contexto.  De tal forma, el ser Mujer-viajerA implica solitud. Como ya he iniciado a plantear, la solitud no implica soledad, no implica la falta de vínculos afectivos y de intimidad, sino es el cambio de paradigma lo que brinda la solitud, en que el centro de la subjetividad no se construye a partir de los otros sino del yo-. La solitud implica tener la capacidad de decisión sobre mi-vida, -pensamientos, -cuerpo, esta capacidad que se comienza a forjar en hito desde el planteamiento del “puedo irme a”, desde el planteamiento de la partida; conjuntado con el día de la partida, con el adiós a lo que te pensabas “pertenecer”, pensabas, pues una vez que eres mujer-viajerA sabes que tu espacio de pertenencia está en tu yo-; para entonces crearte nuevas maneras de ser, de vivir, de estar, experimentando y dándote la posibilidad de descubrirte, o habrá que recordar a Annemarie Schwarzenbach (1908-1942), quien, decía Ericka Mann, fue a través del ser una mujer-viajera el que ella pudo tomar conciencia de su homosexualidad. De tal forma, y como me lo ha enseñado y mostrado Marcela Lagarde, ser mujer-viajerA es el reconocerte como mujer en solitud, con conciencia-de- y como-ser-para-mi,  para entonces habitar mi ser, y yo ser mi hogar de pertenencia.

 

 

 

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